Orgullo (del blog de Gabriel Merino)

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Muchas veces me he referido a la equivocación habitual que muchos tienen, en mi opinión, con respecto al uso de las palabras “maestro” o “amar”, que se utilizan con más frecuencia de lo habitual. Es el caso, también, de la palabra “orgullo”.
A veces, cuando uno, o una, usa la palabra orgullo para la circunstancia, o condición, de ser mujer, español, homosexual, hijo de sus padres o nacido en el siglo XX, me parece que no se da cuenta de que para esa opción no tuvo elección y que es sobrevenida a su propia esencia. Otra cosa es sentir orgullo de cómo te educaron tus padres, o como vives sin complejos ni menoscabos tu condición de mujer, de homosexual o de vivir en la era contemporánea. En el caso de Europa, mi orgullo europeo no se debe a la circunstancia de haber nacido en el continente, y mucho menos a los políticos que nos representan –que , en mi opinión, están a otras cosas que a hacernos llegar al estado de opinión, libertades o nivel de vida al que hemos llegado- sino a la historia y al camino que nos ha traido hasta aquí. Personalmente, mi orgullo no es nacionalista ni religioso ni de mis representantes.
El concepto de indignación que llevó hace algunos meses a la calle –nos llevó, confieso- a la gente para exigir mantener el status quo que, por ejemplo, llevó a Francia en 1789 a una democracia representativa, laica y garante de las libertades, a tener una educación pública general, libre de fanatismos y adoctrinamientos y abierta a todos o a una vivencia participativa de la ciudadanía se ha ido apaciguando y ahora asistimos como meros espectadores a la repartición del mundo al antojo de unos grupos de presión que muchas veces entendemos, consternados, abatidos y sumisos, que nos sobrepasa. Lejos de enorgullecerme de ser europeo por ello, a veces me da la impresión de que nos hemos quedado dormidos sobre un colchón de laureles o en una autocomplacencia que no mira atrás.
Yo no me siento orgulloso de mis padres por ser su hijo, sino por los esfuerzos que como padres han hecho -emigrando, trabajando, quitándose de cosas para dármelas a mí y a mis hermanos- para hacerme llegar a pensar como pienso, estar donde estoy y ser como soy.
Nacer en Europa es una circunstancia. Ponerse la bandera francesa en la cara no es más que una pose. Para estar orgulloso de ser europeo, hay que contemplar la historia. Europa ha invadido, esquilmado y colonizado sin mirar a los demás en muchas ocasiones –y eso, en realidad, no es motivo de orgullo- pero, por el contrario, ha logrado a través de sus habitantes, sus pueblos, sus evoluciones y revoluciones y sus sufrimientos, un nivel de participación y democracia que, sin ser el régimen ideal, nos permite entre otras cosas opinar sin mordazas, sin velos, sin gurús y sin represión. Una mujer no debe estar orgullosa de ser mujer, pero debe sentir orgullo de las antepasadas sufragistas, igualitarias o que quemaron los sujetadores y corsés para estar donde están hoy, y no de las tronistas de los programas de televisión. Un homosexual no debe estar orgulloso de serlo, lo es, pero debe sentir orgullo de quienes lucharon desde Stonewall a los que consiguieron la igualdad en el derecho del respeto y del matrimonio entre personas del mismo sexo. Un europeo no puede ni debe sentirse orgulloso de serlo. Nacimos aquí y eso, seguramente, es pura cuestión aleatoria, de circunstancia o de suerte, pero sí que debemos defender, no sólo en las redes, sino con nuestro voto y nuestra participación activa, haciéndonos visibles en la calle, de que hemos llegado a donde estamos a costa de historia, revolución, sufrimiento y defensa de unas libertades a las que no queremos renunciar, ya sean terroristas, lobbies o grupos de presión los que pretendan restringírnoslas.
Aún nos queda mucho camino. No nos durmamos ni nos sintamos orgullosos sin defender lo que nos gusta ser.

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