Leyenda del Cristo de las Injurias-Zamora

GilgameshLeyendas2 Comments

Origen de la escultura y del enclave

Es uno de los mejores crucificados del renacimiento español, s. XVI entre 1530 – 1560 de influencia italiana y autor desconocido La escultura en sí es ya una leyenda en la historiografía artística zamorana. Numerosos autores han escrito sobre sus posibles artífices no siendo por el momento ninguna de las hipótesis aceptadas. Se trata de una escultura de gran calidad artística y perfecta anatomía admirada desde hace siglos; Palomino lo atribuye a Gaspar Becerra como “una célebre estatua de Cristo Crucificado (ya difunto) y de cosa de dos varas y tercia de alto, de mano de Becerra, que es la más peregrina escultura que hay dentro de Zamora; y así la tienen en gran veneración”. Posteriormente surgen varios historiadores del arte que atribuyen la talla a Arnao Palla, a Jacopo Florentino o Diego de Siloe.
Artistas e historiadores aparte, la tradición popular atribuye la denominación de las Injurias a las que sufrió durante la rebelión de los moriscos, en las Alpujarras (Granada), entre 1568 y 1571. Argumentándose la procedencia granadina del Cristo tras una mediación de fray Francisco de Villalba, jerónimo zamorano y confesor de Carlos V en Yuste que pasó posteriormente a Granada.

La importancia del crucificado era tal que gozaba de capilla propia dentro de la iglesia del monasterio. Ésta se encontraba en el lado del Evangelio y permitía la entrada al enterramiento de la familia Valencia y no en el ático del retablo de la capilla mayor como se creía

Cristo de grandes proporciones (2 m.) tallado en madera, su cabeza ladeada hacia la derecha e inclinado sobre el pecho esta ceñida por una corona de soga de la salen grandes espinas, la boca entreabierta, su mirada perdida; en su costado derecho una profunda herida mana abundante sangre; tres clavos lo sujetan a la cruz: dos en sus manos con los dedos flexionados y uno en sus pies (derecho sobre izquierdo).

Su majestuosidad inspira un sentimiento de compasión.

La imagen se encontraba en el Monasterio de los Jerónimos ubicado anteriormente en Montamarta Interesada la ciudad en la traslación del monasterio de Montamarta, se hicieron por su cuenta las diligencias para recabar el permiso, alegándose ser poco más sano el lugar que ocupaba. El Capítulo de la Orden no opuso dificultad, ni la hubo por parte del Obispo D. Francisco de Mendoza; antes fue de gran ayuda al propósito, porque siendo a la sazón presidente del Consejo de la Emperatriz, facilitó los trámites de Chancillería, e influyo en el Papa Paulo III acordase las licencias, y en bula especial diera a la nueva casa indulgencias y gracias que sus antecesoras tenían concedidas a la de Montamarta, que excedían a las de todos lo monasterios de la Orden, por la fama de santidad que se había merecido

Éste fue el motivo por el que en 1534 tras la aprobación del capítulo mayor, los monjes adquieren un terreno a las afueras de la ciudad de Zamora , con el fin de trasladar el monasterio. El lugar escogido fue el barrio de San Frontis extrapontem, lugar de entrada a la ciudad desde el sur, paso de la Vía de la Plata y zona de conventos donde se asentaban el monasterio de San Francisco , el de las Dominicas Dueñas de Cabañales y cercano al arrabal del Sepulcro. El nuevo edificio se ubicó en la zona llamada los bosques de Pero Gómez, y contó desde el comienzo con el apoyo incondicional del conde de Alba de Liste que sacó junto con sus hijos las primeras espuertas de tierra. Los monjes se asentaron en el monasterio en 1543 y permanecieron allí hasta 1835
El monasterio  desaparece con la desamortización de Mendizabal (1820 a 1823) y la imagen es trasladada a la S. I. Catedral donde en la actualidad se le da culto y es la imagen titular de la Cofradía del Silencio. En la Guerra de la Independencia estuvo a punto de ser quemada por las tropas de Napoleón.

El monasterio gozaba ya de importancia antes de su llegada a la ciudad lo que permitió un gran número de donaciones por parte de familias nobles como los condes de Alba de Liste, la familia Valencia o don Diego de Castilla (Deán de la Catedral de Toledo) y sobrino de doña María Niño y don Bautista de Monterrey, que hicieron del edificio una próspera comunidad preocupada por la arquitectura y el arte.

Dentro de sus muros se albergaban grandes obras, muchas desaparecidas y a juzgar por las conservadas de un valor incalculable, de entre ellas podemos señalar el Cristo de las Injurias –actualmente en la Catedral de Zamora ,generador de la mayor devoción y de la leyenda que se centra en el Cristo del monasterio que habla para recordar unas injurias.

LAS LEYENDAS DEL MONASTERIO

No encontramos en el monasterio de San Jerónimo de Zamora la rica tradición popular que habíamos estudiado en el de Montamarta. Allí la aparición de luces señalaba la futura ubicación del monasterio; aquí es un contrato firmado el que nos da toda la información sobre el traslado. Quizás la cercanía en el tiempo o la innecesaria imaginación popular privó al monasterio de estos sucesos. Tan sólo intervienen los jerónimos en dos leyendas: una en la que nombran al monasterio como hospedería ante una crecida inesperada del Duero y la otra sobre el Cristo de las Injurias por lo que deberíamos de matizar como las leyendas en el monasterio de San Jerónimo de Zamora.

LA LEYENDA DEL CRISTO DE LAS INJURIAS

Poco tiempo después de la llegada de la escultura al monasterio se produjo el milagro que contribuyó a aumentar la popularidad de la talla y el monasterio

Corría el 1600. En el medieval barrio de San frontis y en una mísera casucha de adobes, moraba una anciana con su nieto, único vástago de su hijo, muerto en las guerras de Flandes. El muchacho, no conoció a su madre que pagó con su vida, la vida de su hijo. Humilde de corazón y de bienes, la pobre abuela volcaba sobre el chiquillo todos sus afanes y toda su alma triste y cansada de tanto bregar.

Este muchacho llamado Tomás Valderrey era un joven inquieto que trastocaba la vida de su abuela Isabel por sus diabluras. Era valiente y sólo tenía miedo y respeto al Cristo de los Jerónimos, al que su abuela era muy devota y ante el que solía ir a rezar. Al joven aquello le asustaba pues la imagen crucificada estaba tan sólo iluminada por unas velas.

Su abuela, muy devota de la imagen, frecuentaba la iglesia del monasterio y solía llevarlo con ella para que sintiera el sano temor de Dios. Y en verdad que lo sentía. Aquel crucificado de extraordinaria talla e imponente aspecto, lívido y sangrante, en la penumbra de la capilla y entre la danza de las sombras, que la luz de dos cirios creaban, el miedo invadía su alma infantil. Entonces parecíale que el Cristo estaba más muerto, como si verdaderamente fuese un hombre el que estaba clavado en la cruz.

Tomás se quedó solo a los quince años tras el fallecimiento de su abuela. Ante aquella situación se dirigió al único lugar que le ofrecía algo de familiaridad, el monasterio, en busca de ayuda. Un monje se ofreció a enseñarle gramática y retórica con el fin de conseguir un jerónimo más en el monasterio, pero el joven no se encontraba dispuesto a pasar el resto de su vida entre esas cuatro paredes por lo que soñaba con ganar el cielo no vistiendo estameña y a fuerza de penitencias, sino vistiendo su coraza y a golpe de mandoble. Como su padre muerto en Flandes.

El anciano jerónimo sonreía ante los sueños del mozo y viendo que era terco en sus propósitos y que nada conseguiría con sus palabras le llevó a la capilla del Evangelio, trono del Cristo y a guisa de despedida le dijo:

Hijo mío, tengo muchos años, y tal vez sea ésta la última vez que nos vemos. A esta imagen que contemplas la llama el pueblo el Cristo de las Injurias. ¿Sabes por qué? Los pecados de los hombres son injurias al Señor. Por eso lo crucificaron. Esos pecados son espinas que hacen sangrar su divina cabeza. No peques nunca si no quieres añadir una espina más a esa punzante corona. Tanta impresión le causaron las palabras del monje que nunca las olvidó.

Con las palabras del monje aún resonando en su cabeza partió de Zamora rumbo a Salamanca . En la ciudad del Tormes se dedicó a buscarse la vida y se hizo pícaro y trabajó para varios señores hasta que alcanzó la edad para alistarse en los Tercios que luchaban en Italia y Flandes.

Saboreó la victoria guerrera y la victoria amorosa. Por su carácter, cada vez más temible, cometió felonías y sembró desdichas a su paso. Nada hubo, ni bueno ni malo que no probara. Pero su brillante actuación en los combates no pudo borrar la maldad de sus acciones, y por su carácter pendenciero y su licenciosa vida, fue expulsado por indigno de las filas de su Tercio. No tenía treinta años y Tomás era una miserable ruina de aquel mocetón fornido y esbelto que doce años hacía que se alistara en los Tercios. El hierro enemigo y el pecado le habían cubierto el cuerpo y el alma de heridas. A pesar de ello, su corazón endurecido e incrédulo se mantenía rebelde. Sólo un milagro podría salvarlo.

En una tormentosa tarde de enero, un jinete en endiablado galope, dirigía su corcel sudoroso y babeando espuma hacia el monasterio de los jerónimos. Al llegar al pórtico, desmontó rápido y con paso decidido penetró en la iglesia.

El templo, envuelto en una espesa oscuridad, sólo rasgada por la mortecina luz del santísimo, se iluminaba a intervalos por el cegador relámpago. El desconocido caballero guió sus pasos hacia la capilla del Cristo. Se paró delante de la imagen, sombra borrosa entre las sombras, y después de contemplarla unos instantes, la increpó: ¡Cristo de las Injurias! ¡Si veo en tu corona una espina de mis pecados, creeré en Ti!

El silencio más absoluto contestó a sus palabras. Por unos momentos pensó el desgraciado en el milagro que esperaba. Pero todo siguió igual. La lámpara continuaba en llameantes latidos luchando con las sombras que la envolvían. Una carcajada cínica y estruendosa rodó por las bóvedas de la iglesia y cuando el caballero hizo ademán de abandonar la capilla, un vivísimo y cegador relámpago iluminó la escena. Una fuerza misteriosa tiró del desconocido y su cara volviose lívida cual la imagen. Su rostro desencajado de terror vio como una espina grande, por encima de la ceja izquierda, traspasaba la piel del Señor.

Cayó de rodillas y en las sombras clamó una voz desgarradora: ¡Dios mío, ten misericordia de mi! Momentos después los monjes encontraron un joven caballero, que sin conocimiento, se hallaba tendido a los pies del Cristo… Cuando abrió sus ojos, le preguntaron quién era y qué le había pasado. Sólo les contestó: Un pecador que por mis culpas la corona del Señor tiene una espina más. Y levantándose raudo, desapareció en las sombras, dejando a los monjes llenos de estupor y asombro.

Bastantes años después de este suceso, corrió por la ciudad la nueva de que había muerto en un convento de franciscanos de Nueva España, un lego llamado Tomás, santo y humilde varón que al ser enterrado le habían encontrado una corona de espinas que circundaba su pecho.

La orden jerónima desapareció materialmente en 1835 de la provincia de Zamora dejando innumerables muestras de su aportación a la historia de la ciudad y la provincia. Participando no sólo en la construcción de edificios y patrocinando obras de arte sino también influyendo en las denominadas historias de las mentalidades o microhistorias, que no son más que planteamientos metodológicos que buscan un conocimiento holístico del pasado a través de cualquier información que pueda acercárnoslo a pesar del paso del tiempo y el constante cambio de la sociedad.

 

Tengo que reconocer que desconocía esta leyenda así como la antigua ubicación del Cristo de las Injurias. Talla de gran devoción en Zamora y que procesiona en un marco espectacular.

 

2 Comments on “Leyenda del Cristo de las Injurias-Zamora”

  1. Extraordinaria historia que creo que fue real, o al menos gran parte de lo que se cuenta; al ser humano nos cuesta CREER lo que NO VEMOS.( ver para creer).
    Solo repasar la Historia, podemos encontrar PERSONAJES IMPORTANTES que tuvieron casos parecidos.

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