Primera Parte: Enajenación mental, estrés postguardia, o síndrome del timbrazo agudo…

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Primera parteBueno, ya está hecho. Sobreviví!Bien que mal, he superado mis 7 noches seguidas en el hospital. Se dice pronto, pero han sido siete noches de las que no se olvidan: gente en estado crítico, inestables; que requieren de toda tu atención, de la del médico y para la que te faltan manos para hacer cosas y piernas para hacer kilómetros y kilómetros de pasillo en busca de tal aparato, o de tal medicación.

No se supone que el blog vaya dirigido exclusivamente a gente que trabaja en el hospital (de hecho, no va dirigido exclusivamente a nadie) así que no entraré en detalles técnicos; pero hacer una cosa con cada mano mientras discutes con el médico por teléfono y tratas de comunicarte con tu compañera, al mismo tiempo, de punta a punta de pasillo… es toda una experiencia. Seguro que más de un Ama de Casa entiende a lo que me refiero cuando hablo de pasarse horas haciendo mil cosas a la vez, cuando la menos importante de todas es vital, y todas las demás aún más urgentes.

Con todo esto, por supuesto, no pueden faltar los pacientes que están “no tan graves como para no poder llamarte”. Entendámonos: no porque una persona sea capaz de llamar al timbre está bien. Y tampoco significa que vaya a ser más comprensiva, ni más paciente. Por supuesto, tienes que ir, y vas. Y atiendes, y vuelves al principio, y sigues por donde ibas… Y las nueve horas de la guardia se te han pasado, y no te has parado ni para ir al baño. No digamos ya cenar, o beberte un café (tampoco es que haya tenido tiempo de tener sueño).

Luego llegas a casa; el mundo sigue girando y tienes tus cosas que hacer. Tienes, también,  el maldito pitido de las alarmas y de los timbres metido en la cabeza. Y cuando por fin de acuestas, sueñas con paciente tal o con el paciente cual, con los monitores, con las familias que llaman preocupadas a las 4 de la mañana porque no pueden dormir. Y es tan sólo una semana más, dentro de los -al menos- 45 años de trabajo que tienes por delante. Ni siquiera es la peor de todas hasta ahora.

Y nadie se lo plantea. Porque es tu trabajo, y son gajes del oficio. Y al fin y al cabo, tú elegiste trabajar de ésto, y sabías dónde te metías (y ya te digo yo: ¡y una mierda! Cuando acabas los estudios, no tienes ni puta idea de dónde te estás metiendo y de hasta que punto tu profesión será como es. Ni tú, ni nadie). Y en algún momento, si los vientos son propicios, todo el mundo reconoce que las enfermeras son capaces, y fuertes, y que tienen capacidad de juicio y decisión y que conocen bien a la gente. Y que aprenden a manejarse en situaciones en que otra mucha gente se sentiría desbordada.

Y… AY! DE QUIEN TENGA LA DESGRACIA DE DECIR que están traumatizadas, que sufren un estrés constante que nubla su capacidad de juicio. Pobre criatura desgraciada, la que diga que por ser mayoritariamente mujeres, las enfermeras -tanto las que conservan la ilusión del primer día; como las que están cansadas, quemadas y hartas del trabajo- deben ser guiadas y tuteladas; que sus decisiones tienen menos valor que las decisiones de otras. Las enfermeras no están alienadas. Se les reconoce, socialmente hablando, una dignidad laboral que va pareja con la dignidad personal. Aunque a veces nos pasemos las horas entre mierdas (heces), meados, y otros fluidos corporales; no hay lugar a debate sobre la dignidad de nuestro trabajo. Y me parece fantástico que nadie lo ponga en duda. A pesar de todo, nadie se extraña que pueda decir que me gusta mi trabajo. Hay quien admite, con un cierto tono de reconocimiento, que “yo no podría hacerlo”.

Y sin embargo, cuando hablo de mis clientes y de mi trabajo como escort; todo cambia. Mi palabra no tiene valor cuando digo que me lo he pasado bien, que me gusta mi trabajo. Mi trabajo es tachado de indigno, y por lo tanto se acaba asumiendo que no tengo dignidad, por ejercerlo. Mi capacidad de juicio y de decisión quedan puestas en entredicho y el “yo no podría hacerlo” adquiere otros matices…

No se quién se supone que decide qué es tan estresante  como para considerar a alguien “enajenada” o no; pero debería salir de su despacho, ir a la calle y hablar con nosotros. También podría ir a hospitales, colegios (algunos), parques de bomberos, juzgados (los de lo penal, los de familia y los de menores tienen fama de ser especialmente relajantes) y ver cómo se vive el día a día allí. Al final, después de su ruta, podría ir a un psicólogo o psiquiatra para que le expliquen cuál es su problema. Porque está claro que tiene un problema a la hora de valorar el estrés, sin olvidar sus tabús con el sexo, ni su complejo de mesías por querer ir salvando a quienes sólo queremos que nos dejen trabajar en paz.

Gracias como siempre a Juanjo Dom por permitirme publicar este post de SU blog en el que, con su estilo y pluma afilada, nos habla de falsos convencionalismos. De lo que entendemos por políticamente correcto, pero ¿desde que parámetros? ¿Que es lo correcto y bajo que moral?¿No es todo el trabajo digno mientras se haga con orgullo y voluntariamente?

Os dejo el enlace al blog de mi amigo y os prometo que la siguiente entrada de ese blog que publicare aquí así como todo el blog merece la pena leerlo.

http://putaenfermera.blogspot.com.es/

Gracias y como siempre espero vuestros comentarios.

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