¡Etiquetas… lo importante son las etiquetas!

GilgameshAmigos de Gilgamesh0 Comments

Porque cualquiera que se haya pasado por una tienda, en rebajas o no, habrá podido darse cuenta de que lo que importa realmente es que haya etiquetas sobre el producto. Cuantas más, mejor.

Si vas a comprarte una camisa, esperas que tenga, al menos un par de etiquetas. Digamos una con el precio, y otra con la talla. Si hay una tercera, a poder ser con el precio en una divisa extranjera y remota o con una talla en un sistema que nadie sepa explicar, mejor!!

Cuando llegan las rebajas, entonces lo mínimo que debe exigirse son 6 etiquetas y de lo contrario, se pasa al producto siguiente. Porque éste, el que nos gusta, no tiene las suficientes etiquetas. Seguro que lo rebajan más. O seguro que tiene algo que no está como debe. Eso sí, si tenemos la fortuna de caer sobre cualquier cosa que tenga más de un “pack” de etiquetas, hay que comprarlo inmediatamente. Digamos… 6 etiquetas, en el mismo imperdible (esto ya debe ser lo más… UN IMPERDIBLE en vez del plasticucho ese que jamás conseguiremos romper con los dientes para poder lucir la nueva adquisición de inmediato) fijadas en el cuello de la camisa, y puede que otras 6 a poder ser con precios, tallas y divisas totalmente distintas en la manga de la misma camisa… Entonces, hay que consumir inmediatamente. Como si nos fuera la vida en ello. No importa que con tu operación de tobillo, tus 110 kg y tu 209cm de altura jamás vayas a usar ese horroroso tutú de colores fluorescentes con flecos desgarrados de talla XXXS.

Porque te llevas debajo del brazo algo con muchas, muchísimas etiquetas. Y seguro que está rebajado.¡¡¡ Dos veces!!!  Así que con tu sonrisa bobalicona y tu tarjeta de crédito te diriges pánfilamente a la caja, y te vuelves a casa con una satisfacción… de gilipollas.

Sí, sí. Como lo has leído. Te he llamado gilipollas. Asúmelo, y supéralo. Nos pasa a todos…

El problema, es que esto se extiende a muchos más ámbitos de nuestra vida de los que creemos. Y nos dejamos llevar, y nos dejamos llevar… y cuando alguien se mete en movidas de activismo, no debe, no puede dejarse llevar por estas costumbres.

Porque cuando te metes en movidas de activismo, tienes que tener claro cuáles son tus objetivos y cuáles son tus medios. Y las etiquetas, son un medio de nombrar. Nada más. Nada menos. Puedes nombrar situaciones, realidades, emociones, vivencias, experiencias… Puedes nombrar muchas cosas, pero no dejan de ser un medio. Hay que asegurarse, a la hora de nombrar, de saber qué se está nombrando. Porque cuando se nombra un objeto tangible, algo material todo es más fácil. Pero cuando se nombran situaciones o realidades vividas o percibidas por las personas no hay que perder de vista que las situaciones y las realidades vividas varían. Y por lo tanto, con el paso de los años los términos que nombraban dichas realidades, evolucionarán. Sus definiciones cambiarán a medida que lo hagan las vivencias. Las vivencias cambiarán a medida que cambien las sociedades, y con un poco de suerte y mucho -muchísimo- trabajo, las sociedades cambiarán EN PARTE gracias a sus activistas.

No se puede utilizar la misma definición para una realidad del siglo XXI que para esa misma realidad hace 600 años. La clave de todo esto está en “la misma definición”.
Por ejemplo, hoy en día el concepto de “salud” no es el mismo que hace un par de milenios en el que era algo así como “puedes cumplir con tus obligaciones, luego estás sano” (a pesar de los esfuerzos de algunos gobiernos). Sin embargo, el término en sí, se mantiene. No se han utilizado 20372 términos con oscuras diferencias académicas para nombrar un mismo concepto. No cuando se habla en general. No cuando la información debe llegar al público.

Para ser claro, estoy hasta l** ****** de ciertas actitudes que se repiten cada vez más en grupos de “activismo”. O mejor dicho grupos de “actilist@s”.

Antes que nada, parece necesario recordar que está bien basar su motivación en sus vivencias personales. Aprender de las experiencias pasadas, sobre todo de las negativas, es imprescindible para evolucionar. Si además añadimos cierta motivación por cambiar las cosas, y capacidad de análisis, entonces sólo puedo decir: será un placer ser activista a tu lado, y aprender de ti. PERO, si no eres capaz de superar esa fase / momento / cabreo / burnout de “odio a esta panda de ******** que me han hecho sentir así de mal” y pretendes simplemente buscar un espacio en el que te sientas en seguridad, y medianamente alejad@ de los factores o las personas que te causan ese estrés… tu lugar no está todavía en el activismo. Es completamente legítimo que no te apetezca, siquiera, guardar la compostura ante ciertas actitudes; mucho menos querer educar ni razonar con nadie. Nos pasa -con mayor o menor frecuencia- todas y cada una de las personas que hemos estado o estamos en un activismo de cualquier tipo. Lo que no sólo es injustificable sino también inaceptable, es que deliberadamente te dediques a atacar con afán destructivo a todo bicho viviente que te recuerde esos momentos duros.

No es aceptable para nadie que pretenda llamarse activista encerrarse en un grupúsculo pseudo-elitista, donde el único objetivo real es mostrar al mundo (léase: a ese mundo que nos ha hecho sentir mal) cuan superiores moral e intelectualmente somos, porque conocemos libros que nadie más conoce y utilizamos palabras que no llegan a la gente, pero que suenan muy bien.

Podrías, si pretendes ser activista, y deberías reunirte en grupos -con quienes te de la puta gana. Leer más de lo que lee la mayoría de la gente no está mal, ni mucho menos. Conocer los términos y sus definiciones más complejas, a la larga te resultará imprescindible.

Pero si para ello sacrificas la accesibilidad (me dijeron una vez: si no puedes explicarlo para que la otra persona lo entienda, no sirve de nada que lo sepas. En este caso, no puede ser más cierto). Si renuncias a ser flexible en las formas en aras de la claridad del concepto de fondo; no eres activista.

Decía al principio del post, que las sociedades cambian en parte gracias a l@s activistas. Y esto es algo que la gente con afán de superioridad moral e intelectual, con afán de protagonismo; olvida. Esta gente, muy lista, muy leída, y muy superior parece saber todo de cualquier cosa. Al parecer no saben nada de un dicho popular durante la época del absolutismo ilustrado: “Todo por el pueblo, pero sin el pueblo”. Esto refleja claramente a lo que me refiero cuando hablo de “actilistas”.

No se trata de que en todo momento cualquiera tenga -ni siquiera- derecho a opinar o a decidir. Idealmente las personas que comparten vivencias y problemas similares son quienes deben reunirse, definir sus propios términos, identificar sus problemas y diseñar un curso de acción. La intervención exterior, en estos primeros momentos debería ser mínima y siempre por petición de las personas interesadas. Establecer un grupo implica, forzosamente, excluir gente del mismo. Estamos de acuerdo, además, en que resultan pocas las veces en que esto se lleva a cabo en condiciones ideales y que los grupos evolucionan a medida que lo hacen sus componentes tanto internos como externos. No se trata de un pasen, vean y opinen.

Se trata de lo absurdo que resulta denominarse activista sin interactuar con el entorno. El activismo no se trata de cambiar el mundo a pesar del mundo. Se trata de educar y de poner en marcha mecanismos (si rizamos el rizo, y puestos a pedir, mecanismos que se retroalimenten) para que el mundo, pueda, quiera y sepa como cambiar. Y cuando hablamos del mundo, hablamos de la gente. De la gente de a pié. De la gente del barrio, de nuestros barrios, trabajos, familiares… Los que nos caen bien y los que nos caen mal (generalmente, además, tendremos que invertir más esfuerzo para la gente que peor nos cae… tócate los pies)

Se trata de intentar mantener un rumbo hacia un objetivo. De esforzarse por cambiar las formas que deben ser cambiadas y de reinterpretar colectivamente las formas que pueden ser reinterpretadas. No se le puede exigir a una abuela de ochenta y muchos años que vaya más allá de hablar de “tu amigo”. Aunque no sea mi amigo, sino mi pareja. Aunque tanto ella como yo lo sepamos. Aunque me pregunte por él cada vez que hablamos y le mande besos y recuerdos. El objetivo; el respeto y la aceptación, debe primar sobre las formas: no me parece tan importante que utilice la palabra “novio”; cuando bien se cuida de que no le falte su cubierto a mi lado en la cena de fin de año.

Se trata de prestar atención al detalle, al símbolo y a la lectura de los mismos. No se puede hablar a la ligera de las generalidades. Que una abuela acepte “un amigo” puede ser considerado un triunfo. Que un gobierno diga que un contrato civil debe llevar otro nombre porque “no es lo mismo” es una afrenta: simbolizaría que el estado, que todos nosotros -como pueblo- aceptamos que las diferencias pesan más que las similitudes sobre todo en un asunto tan íntimo y de impacto tan amplio y a la vez tan reducido de la vida de sus ciudadanos. Que te denomines Queer y transfeminista y te pases el día “con los genitales en la boca”, es una afrenta… no sólo  al discurso Queer, sino a la inteligencia.

Se trata también, de guardar gran capacidad de análisis – incluyendo el auto análisis; tan en crisis en nuestra cultura como nuestra economía, y con mucho peor pronóstico- y ser capaz de cuestionarse hasta los conceptos que se consideran más obvios cuando se presenta un argumento razonable. No se puede ser activista cuando se sueltan perlas tales como “No se puede ser hombre y feminista” negando la mayor; cuando realmente se está hablando de “simple machismo” -casi nada-. Porque si eres capaz de detectar que términos como “feminista” adquieren ciertas connotaciones, según el círculo en el que te muevas, pero no te paras jamás a analizar el por qué .- sino que te conformas con la respuesta estandar “cosas del heteropatriarcado” jamás entenderás por qué hay tantas mujeres jóvenes que se definen orgullosas como “No, si yo feminista no soy, ni nada de eso. Pero aquí somos todos iguales, y tenemos que tener los mismos derechos, y vaya que como alguien diga o haga lo contrario, que no me entere yo, porque se la lío, vamos. Que eso no se queda así. Que pa eso nos hemos pasao años peleando, y nuestras madres y algunos hombres -como mi padre- y lo mal que lo pasó mi abuela y su gente para que ahora no vengamos con gilipolleces que si soy mujer y tengo más o menos derechos… Ni mujé, ni hombre, ni de aquí ni de fuera ni coño… Pa tontería estamos, vamos! Yo defiendo mis derechos y los de todo el mundo, que cuando las cosas no son justas, no son justas. Pero feminista, ¿¿yo?!? Que va, hombre!” (Discurso por cortesía de una amiga)

Piénsatelo antes de meterte en el activismo, porque ser activista no es sólo pensar mucho y leer “cosas raras”. No vale con que te reunas con tu pandillita super mega exclusiva happy guay y habléis de lo atrasados que están los demás y de lo mucho que te gustó ese libro de título inacabable y autora inmemorable. No vale con que te creas superior. Eso es ir de actilista por la vida.

Lo único que vale es cómo llegas a la gente. Y qué les haces llegar. A esa gente que no tiene ni tiempo, ni ganas muchas veces, ni fuerzas -la mayoría de las veces- para pararse a pensar por qué las cosas están como están; ni cómo se pueden cambiar.

Cuando el activismo pierde la calle, pierde el rumbo.

 

http://putaenfermera.blogspot.com.es/2014/05/etiquetas-lo-importante-son-las.html?spref=fb

 

Gracias de nuevo a Juanjo por permitirme compartir esta entrada integra de su blog.Comparto su manera de entender lo que aquí expone y para mi es un placer poder compartirlo con tod@s.En la URL expuesta arriba podéis seguir a Juanjo.Os lo recomiendo.

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